Trastorno narcisista de la personalidad: comprender antes de juzgar El trastorno narcisista de la personalidad, conocido como TNP, puede manifestarse en personas con un sentido irrazonable de superioridad, una necesidad constante de atención y un deseo permanente de ser admiradas. También pueden presentar dificultades para reconocer las necesidades y los sentimientos de quienes las rodean. Sin …
Trastorno narcisista de la personalidad: comprender antes de juzgar
El trastorno narcisista de la personalidad, conocido como TNP, puede manifestarse en personas con un sentido irrazonable de superioridad, una necesidad constante de atención y un deseo permanente de ser admiradas.
También pueden presentar dificultades para reconocer las necesidades y los sentimientos de quienes las rodean.
Sin embargo, detrás de esa aparente seguridad puede existir una profunda inseguridad. La persona puede reaccionar con intensidad ante la crítica, sentirse decepcionada cuando no recibe favores especiales o la admiración que considera merecer, y vivir concentrada en fantasías relacionadas con el éxito, el poder, la brillantez, la belleza o la pareja perfecta. También puede criticar y menospreciar a quienes considera poco importantes, esperar que los demás hagan lo que desea sin cuestionamientos, manipular para conseguir sus objetivos, aprovecharse de otras personas y sentir envidia mientras cree que los demás la envidian.
Cuando el narcisismo se mezcla con la inestabilidad emocional
La protagonista de este testimonio tuvo una relación de amistad y trabajo con un hombre que, además de presentar un narcisismo patológico, había sido diagnosticado con trastorno límite de la personalidad. Esta combinación hizo que la relación estuviera marcada por emociones inestables, impulsividad, una autoimagen distorsionada y vínculos interpersonales caóticos.
En él también aparecían un miedo intenso al abandono, cambios drásticos de humor y reacciones difíciles de comprender. Ella no conocía la existencia de estos trastornos y, en aquel momento, pensaba que una persona narcisista era simplemente alguien arrogante.
La relación comenzó como una amistad. Él era un veterinario de un país europeo, con numerosas acreditaciones internacionales, que visitaba Colombia para participar en un programa universitario y atender caballos. Ella quiso que revisara uno de sus animales, que estaba enfermo, y así empezaron a relacionarse.
Durante los primeros meses, él no mostró abiertamente su lado narcisista. Hablaba de las aventuras que había vivido en distintos países y se presentaba como un excelente profesional. Además, tenía una personalidad atractiva y una gran capacidad para seducir mediante sus conocimientos, sus historias y su inteligencia.
El encantamiento y la propuesta profesional
Poco a poco, él comenzó a elogiarla como jinete y a interesarse por todo lo que ella hacía. Después la convenció de crear una clínica veterinaria para caballos, equipada con tecnología avanzada. Ella sería la inversionista y él aportaría sus conocimientos, su trabajo de campo y su experiencia en cirugías.
En ese momento, ella venía de varios años vinculada al deporte ecuestre de alto rendimiento. Había participado en temporadas de competencias internacionales en Europa y Estados Unidos, e incluso había estado preclasificada para los Juegos Olímpicos de 2012, aunque decidió retirarse antes de terminar la clasificación.
Su retiro estuvo relacionado con un entorno deportivo que percibía como profundamente afectado por la corrupción, el dinero, los egos y las presiones de ciertos entrenadores. En algunos casos, los atletas debían rendir pleitesía a entrenadores reconocidos, soportar burlas, amenazas y exigencias desmedidas para poder continuar.
Después de retirarse de la clasificación olímpica, regresó a Colombia desorientada y sin saber cuál sería su siguiente paso. Había dedicado toda su vida al mundo competitivo y, de pronto, aquella propuesta profesional parecía sacarla del limbo, del agotamiento y de un camino que podía conducirla hacia la depresión.
Por esa razón aceptó. Viajó a Europa para conocer a la familia de él y visitar las clínicas donde había trabajado. Quería comprobar que realmente era quien decía ser. Después de hacerlo, tomó la decisión de realizar una inversión económica muy importante para ella.
Cuando el sueño se convirtió en una pesadilla
Durante la etapa de inversión, el encantamiento continuó. Ella estaba feliz con el proyecto, con la inversión y con la nueva perspectiva de vida. También sentía una gran admiración por él, porque podía realizar cirugías complejas y ofrecer diagnósticos y tratamientos que comenzaban a llamar la atención en el medio.
Pero cuando la clínica estuvo en funcionamiento y él obtuvo lo que buscaba, la relación empezó a cambiar. Ella dejó de ser su amiga y pasó a ser únicamente su socia. Él decía que sus amigos eran más divertidos, que sabía pasarla mejor con ellos y que ella era aburrida.
En varias ocasiones comenzó a embriagarse. Una madrugada, ella tuvo que ir a buscarlo porque había caído con su automóvil en una zanja. En otra oportunidad, no sabía dónde se encontraba. Sus amigos desaparecían cuando él necesitaba ayuda, y ella terminaba asumiendo el papel de quien debía rescatarlo.
Cuando estaba ebrio, le hacía sentir que era su salvadora y que no había nadie más importante en su vida. Pero cuando recuperaba la sobriedad, reaccionaba con agresividad y le decía que ella invadía su espacio. Después volvía a buscarla y le pedía que nunca lo abandonara.
Los insultos y la destrucción de la autoestima
Cuando él sintió que ella ya estaba completamente vinculada a la relación, a la admiración y a la necesidad de salvarlo, comenzaron los insultos. Le decía que era fea, demasiado delgada y que parecía enferma. La llamaba estúpida, aseguraba que no tenía cerebro y que se comportaba como una niña de doce años.
También la acusaba de hacerle brujería, afirmaba que todo el mundo la odiaba, decía que sus padres eran ladrones y que ella estaba loca. Le insistía en que debía internarse en un hospital psiquiátrico. Atacaba su desempeño como jinete, le decía que era la peor del mundo y que la gente se burlaba de ella durante las competencias.
Con el tiempo, esas palabras comenzaron a calar profundamente. Ella empezó a dudar de su propia identidad y de la manera en que los demás la veían. Los insultos se repetían varias veces al día y afectaban su autoestima, su seguridad y su capacidad para confiar en sí misma.
Muchas personas se preguntan por qué alguien puede permanecer durante años en una relación así. Ella también llegó a preguntárselo y a sentirse culpable. Sin embargo, la manipulación puede ser tan sutil que la persona comienza a creer que debe esforzarse más para demostrar que no es aquello que le repiten.
Codependencia y aislamiento
Ella se volvió codependiente de él. Quería salvarlo, satisfacerlo y evitar que volviera a agredirla. Cuando él la insultaba, ella reaccionaba con dolor y rabia. Después, él podía ignorarla durante días para hacerle sentir que la abandonaría por completo.
La relación también estaba vinculada a una gran inversión económica. Por eso, alejarse no parecía sencillo. De repente, él reaparecía, le pedía perdón y prometía que todo iba a mejorar. Le decía que solo quería que ella rindiera más, que mostrara sus capacidades y que no debían seguir peleando porque eran los mejores amigos y socios.
Ella ya estaba atrapada en esa dinámica. Emocionalmente se encontraba destruida y económicamente estaba cerca de quebrarse. Los insultos eran tan constantes que empezó a preguntarse si realmente todo lo que él decía era cierto.
Poco a poco comenzó a aislarse. Sentía que los demás se burlaban de ella, que la odiaban y que no era una persona valiosa. Dejó de hablar con quienes podían haberla ayudado porque pensaba que la juzgarían o que le dirían que había sido ingenua por permanecer en aquella relación.
La violencia física y el miedo
A medida que la situación empeoró, las discusiones se volvieron más intensas. Ella reaccionaba verbalmente, intentando defenderse y demostrar que no era la persona que él describía. Frente a esas reacciones, él comenzó a actuar con violencia física.
En una ocasión la estranguló hasta dejarle moretones en el cuello. Cuando otras personas le preguntaron qué había ocurrido, ella respondió que le habían robado la cadena de un tirón. En otra oportunidad, él la lanzó por las escaleras. Ella cayó y se golpeó la cabeza contra el piso.
Después, él le arrojó agua al rostro para que reaccionara y le pidió perdón llorando. Aseguró que no había querido hacerle daño y le pidió que lo perdonara. En otra ocasión la escupió, la empujó contra una mesa y ella cayó al suelo. En ese momento pensó que podía morir, corrió hacia el baño y tomó fotografías de sus golpes por si necesitaba emprender una acción legal.
También la mordía, le halaba el cabello y la golpeaba. Cuando veía que ella ya no podía más, él podía tirarse al suelo y fingir que se desmayaba para recuperar su atención y hacer que ella volviera a rescatarlo. Después le decía que su comportamiento lo había llevado a reaccionar de esa manera y que, si ella no cambiaba, él podía sufrir un infarto.
En varias ocasiones llegó a decirle que tenía deseos de matarla y que prefería pasar el resto de su vida en una cárcel antes que volver a verla.
Alcohol, sustancias y amenazas de suicidio
Con el tiempo, ella comprendió que él se embriagaba todas las noches, muchas veces estando solo en su casa. El alcohol parecía aumentar sus comportamientos manipuladores, su agresividad, sus cambios emocionales y sus conductas de riesgo.
En algunas madrugadas la llamaba para decirle que se iba a suicidar, que no valía nada o que nadie reconocía sus esfuerzos. Ella salía corriendo para llevarlo a una clínica y ayudar a que lo atendieran. Esa situación hacía que volviera a sentirse su salvadora y que esperara que él reconociera finalmente su valor.
La obsesión se convirtió en una parte central de la relación. Ella se sentía atrapada, llena de miedo y cada vez más alejada de quien había sido. Después de las peleas y las agresiones llegaba a su casa llorando y no se reconocía. Sentía que se había convertido en otra persona.
También empezó a experimentar celos, rabia y ansiedad. Se alejaba de Dios, aunque continuaba orando y pidiendo ayuda. Sentía que estaba en una oscuridad tan profunda que necesitaba encender todas las luces de su casa: las del baño, la cocina, el garaje, los clósets y cada espacio donde pudiera sentirse acompañada por la luz.
Él, además de consumir alcohol, comenzó a inyectarse benzodiacepinas destinadas a caballos. La mezcla de sus problemas emocionales, el alcohol y las sustancias hizo que la situación fuera cada vez más peligrosa e impredecible.
Narcisismo, abuso y posesión demoníaca
Ella comenzó a preguntarse cuál era la diferencia entre un abusador y una persona narcisista. Comprendió que el abuso busca obtener poder y control sobre otra persona, mientras que el abuso narcisista puede utilizar la manipulación psicológica para invalidar, controlar y dominar a una pareja, un socio, un amigo o un familiar.
También entendió que el abuso puede ser selectivo. El agresor puede mostrar una personalidad encantadora ante los demás y comportarse cruelmente en privado. Por eso, muchas personas no le creían cuando ella contaba lo que estaba viviendo. Para los demás, él era un profesional excelente y una persona encantadora.
Desde su experiencia espiritual, ella comenzó a comparar las etapas de la manipulación con las formas en que puede actuar el mal: tentación, opresión, obsesión y posesión.
La tentación aparece cuando alguien llega con promesas de riqueza, éxito, poder, admiración o una vida perfecta, pero esas promesas están construidas sobre mentiras y engaños. En su historia, la atracción inicial estuvo relacionada con las historias, la inteligencia, la profesión y la imagen de éxito de aquel hombre.
Después aparece la opresión. El abusador comienza a influir sobre el entorno, las relaciones, el trabajo, las finanzas y la autoestima. Encuentra fallas constantemente y hace sentir a la otra persona que no es suficientemente buena, atractiva, talentosa o capaz.
Luego llega la obsesión. El abusador se concentra en la persona y ella también comienza a concentrarse completamente en él, creyendo que debe salvarlo o entregarle todo para evitar nuevas agresiones. En ese momento aparecen el miedo, la desesperación, el odio, la rabia y la sensación de que ya no existe una salida.
Finalmente, la relación puede llegar a un punto en el que ella siente que ha perdido completamente su identidad. Ya no sabe quién es, se siente destruida y comienza a reaccionar únicamente frente al dolor y a las provocaciones. Después puede regresar una etapa de aparente reconciliación, disculpas y promesas, para que todo vuelva a comenzar.
Narcisismo y deporte de alto rendimiento
El deporte de alto rendimiento está asociado con la búsqueda de la perfección, la presión constante y el deseo de alcanzar el éxito. En algunos ambientes, esa presión puede relacionarse con la autopromoción, los celos, las trampas, las adicciones, el dopaje, el alcohol, la agresividad y las dificultades para trabajar en equipo.
Algunos deportistas pueden destacar bajo presión y engrandecerse cuando tienen público o rivales. También pueden desarrollar una dependencia excesiva del ejercicio y descuidar la salud, la familia, las emociones, las relaciones sociales y la espiritualidad.
Los entrenadores con comportamientos narcisistas pueden ser controladores, ignorar a sus atletas, hacerlos sentir que no sirven o entrenarlos mediante gritos, insultos y amenazas. En ocasiones, solo prestan atención a quienes consideran suficientemente talentosos para ayudarles a alcanzar sus propios objetivos.
En el deporte de élite existe una lucha constante entre los valores personales y la necesidad de ser aceptado. Muchos jóvenes sienten que deben ocultar sus emociones, aceptar injusticias, tolerar favoritismos y permanecer en silencio para continuar dentro del sistema.
En los deportes ecuestres, esta pérdida de consciencia también afecta a los caballos. Cuando el ego del jinete está por encima del bienestar del animal, el deporte se aleja del respeto por la vida y del principio de cuidar a quien depende de nosotros.
Muchos atletas se quiebran porque no encuentran un centro espiritual, una consciencia y una integridad que les permitan resistir sin caer en la depresión, la rabia o la desesperación.
Volver a Dios y recuperar la consciencia
Durante mucho tiempo, ella sintió que no había salida. Se encontraba aislada, confundida, emocionalmente destruida y atrapada entre el miedo, la dependencia y la responsabilidad por la vida de él.
Sin embargo, también comenzó a comprender que necesitaba recuperar su consciencia. Debía dejar de vivir pendiente de las reacciones del abusador y volver a reconocer su propia identidad. La recuperación no consistía en demostrarle a él que estaba equivocado, sino en dejar de permitir que sus palabras definieran quién era.
La espiritualidad se convirtió nuevamente en un camino de regreso. Aunque se había alejado de Dios, dentro de ella permanecía el deseo de encontrar luz, verdad y libertad. Poco a poco comprendió que el orgullo, la obsesión y el miedo podían llevarla a responder desde un lugar que no reconocía como propio.
Volver a Dios significó comenzar a recuperar la paz, la dignidad y la capacidad de elegir.
También significó comprender que el bienestar integral no se limita al cuerpo o al rendimiento deportivo. Incluye la salud emocional, las relaciones, la vida familiar, la consciencia y la vida espiritual.






